
















Este día teníamos que rodar en el parking subterráneo de la televisión de la Universidad politécnica dos escenas, una dividida en planos, y la otra un plano secuencia con cámara fija muy sencillo. Todo parecía que iba a ir de rositas, pero como estaba comprobando desde que comenzamos el rodaje, hasta lo más sencillo se alargaba inexplicablemente tanto que resultaba agotador
Pepe había conseguido el día antes un permiso sin problemas para comenzar a rodar a las 15 horas en punto. Como ya he comentado antes, por no se sabe qué razones, el periodo de espera para comenzar a rodar se alargó tanto que la primera vez que le dimos al botón de rec de la cámara fue casi a las 17 horas. Pero lo más preocupante era que a las 21 horas en punto teníamos que largarnos de allí.
Ciertamente, en este rodaje comencé a experimentar esa sensación desagradable que luego se repetiría a lo largo de los siguientes días.
Yo estaba bastante nervioso porque la colchoneta que teníamos para simular que caía uno de los actores al suelo era demasiado gruesa. Esto significaba, básicamente, que para falsear que el actor se caía al suelo de espaldas teníamos que hacer un contrapicado demasiado inclinado, lo que significaba que probablemente la composición del plano quedara demasiado falsa o, en su defecto, se viera, ligeramente, la colchoneta en la parte inferior del plano. El plano lo rodamos como pudimos (no quedó muy allá).
Como ya he comentado hace unas líneas, los nervios me atacaron ese día, y cuando eso me pasa suelo explotar gritando con un “megagoendios” o algo así y, seguidamente tiro algo al suelo o, le doy una patada a algo (a personas y/o animales no, que no soy tan descerebrao). Despues de este ritual de ira incontenida, me calmo y ya se me pasa todo, o casi todo. Pues bién, eso fue lo que me pasó. En un momento del rodaje no encontraba el guión literario con mis anotaciones por ningún lado, y mi reacción ante esto fue tirar al suelo el guión técnico, con tal fuerza que se rompieron algunos papeles, mientras, decía esa frase atea tan extendida entre los españoles. La gente, segundos antes de mi muestra de ira, hablaba y reía, pero, cuando vieron mi acción me miraron rápidamente y se callaron; digamos, que se cortó ese buen rollo que había. Nunca me he sentido orgulloso de hacer estas cosas, pero cuando me encuentro con tanta presión no soy capaz de controlar estos arrebatos. Realmente no me cabreé con nadie, simplemente necesitaba hacerlo. Desde aquí le pido disculpas a todos los que se sintieron incómodos con mi acción.
Conforme iba pasando el tiempo, veía que avanzábamos menos. Esto es una máxima: “vísteme despacio que tengo prisa”.
Pregunté la hora y me dijeron que eran las 21:20 horas o algo así; nos habíamos pasado de la hora de toque de queda y aun nos faltaban planos. Joder, fue horrible. Tomás y yo hicimos caso omiso a la hora, nuestro subconsciente nos anuló el conocimiento de saber qué hora era y, seguimos rodando.
Cuando nos quedaba sólo un plano por rodar apareció un guardia de seguridad hablando fuerte desde cierta distancia. Como estábamos rodando, alguien le dijo que, por favor, bajara la voz. La reacción del hombre de la porra fue gritar algo así como: “A mí nadie me manda callar”. En ese momento, me percaté de lo que pasaba, le di la cámara a Tomás y fui a hablar con el colérico personaje. Intenté explicarle, con muy buenas palabras y de muy buenas maneras, que estábamos rodando toda la tarde allí y que sólo nos faltaba por rodar un plano y no tardaríamos más de cinco minutos en irnos. El simpático hombre de la porra comenzó a gritarme y a amenazarme con que iba a dar parte a sus superiores, que él tendría que estar a esas horas en su casa en vez de soportar a unos niñatos. Os podéis imaginar la opinión que tenía yo en esos momentos de ese hombre bajito, regordete, con traje de action man y porra de plástico. Le dije que nos íbamos ya, pero el siguió amenazando y gritando. Me di la vuelta y le dije a la gente que recogiéramos los trastos. Los recogimos todo en tiempo record, e incluso, con las prisas conseguí meter a presión la enorme colchoneta en mi coche, no sin antes hacerme un considerable corte en la palma de la mano derecha y rayar los laterales interiores del 4x4. Nos fuimos.
Después, como me suele pasar a veces, me volví un paranóico con el tema del segurata, ¿y si daba parte y no nos dejaban rodar el final de la peli en el mismo parking? ¿Y si nos denunciaba? ¿Y si?...
Tomás me dijo que ese tío era un pelagatos y no iba a hacer nada. Al final tenía razón, no pasó nada.
Hace algún tiempo, le pregunté a un amigo psiquiatra por qué cuando me cabreaba tanto o estaba sometido a tanta presión necesitaba darle una patada o puñetazo a algo e incluso tirar al suelo con todas mis fuerzas lo primero que encontrara. Me dijo que muchas personas, ante esa presión y tensión extrema, segregan mucha adrenalina y para reducir la dosis deben actuar de forma violenta, aunque inofensiva, para segregar morfina y así calmarse. Bien, esa es la explicación de mis esporádicos ataques de ira.
Cuando estaba montando la escena por planos, me deprimí tanto al ver que, otra vez, estaban todos los planos desenfocados, que tardé muchos días en terminar de montar la escena.
Fotografías de Raquel García Ruiz.



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