















Estuvimos, durante mucho tiempo, buscando un piso para rodar todas las escenas del secuestro. Primero encontramos el de la abuela y la tía de Guille, pero entre que a las mujeres no les hacía mucha gracia y e íbamos a ocupar su espacio a todas horas durante cuatro días, era más razonable buscar una alternativa. El piso en el que más fácil podíamos rodar era en el que viven Tomás y Cárol, siempre y cuando sus otros compañeros de piso estuvieran de acuerdo. Pues bien, parece que justo los cuatro días de rodaje los otros dos compañeros se van a no sé dónde. Por tanto elegimos ese piso (realmente no nos quedaban más narices) para rodar todas las escenas de los tres protagonistas y el secuestrado.
Cuando llegamos al piso, a las 15:30 horas aproximadamente, Diego y yo hablamos de los viejos tiempos, cuando Tomás rodó Ávitax en ese mismo piso y nos conocimos. Unos cuantos años después volvemos a rodar con Diego en el mismo sitio, pero esta vez un largometraje.
Como la mayoría de las escenas estaban planteadas para rodar en el salón, lo primero que debíamos hacer era tapar la enorme cristalera que hay en uno de los laterales. Pensaréis que con bajar la persiana sobraba, ¿verdad?. Pues eso hubiera estado bien si tuviera persiana. Sólo habían unas feas cortinas verdes que tapaban poco. El por qué había que tapar la enorme ventana es muy sencillo de explicar. Veréis, si tapábamos la cristalera nos ahorrábamos el problema del racord de luz y, puesto que los secuestradores pretender pasar inadvertidos, lo normal es que tengan todas la persianas bajada para no levantas sospechas.
Claqueta Veloz y yo fuimos a unos de esos grandes almacenes de material de bricomanía a comprar unas telas opacas para poner en la cristalera. Estando allí vimos unos enormes rollos de telas gruesas de colores, la negra era perfecta para colgarla en la enorme ventana, y el precio estaba tirado, un euro con diez cada metro cuadrado. No nos lo pensamos dos veces. Tardamos un rato en encontrar a la encargada de cortar las telas, cuando la encontramos le dijimos que queríamos veinte metros de esa tela negra, así podíamos ponerla doble o triple para no dar opción a que traspasara la luz del sol. La encargada nos dijo que tardaría unos veinte minutos en prepararnos la tela, así que decidimos darnos una vuelta por los grandes almacenes. Recordé que necesitaríamos cinta americana porque nos quedaba muy poca, así que cogí tres paquetes (nunca hay que rodar sin cinta americana, nunca, jamás en la vida, aunque no lo creáis os puede salvar el culo en más de una ocasión).
Pasaron esos veinte minutos y volvimos a la sección de telas. La chica seguía cortando sin parar, le estaba costando más de lo que pensaba. Esperamos unos minutos hasta que terminó de cortar, la plegó, metió en una enorme bolsa y nos la dio junto con una factura por valor de ¡doscientos cincuenta euros!. ¿Cómo? A Pedro y a mí se nos quedó cara de poker. Pero si ponía que el precio del metro cuadrado era de uno con diez . O no sabíamos multiplicar o es que el precio que veíamos no correspondía. Más bien fue lo segundo. Nos dimos cuenta que el precio correspondía a unas telas que habían en otro sitio tan finas como el papel de arroz para fumar. Le dimos las gracias a la encargada y nos adentramos en lo más profundo del almacén. Pedro y yo le dimos vueltas al asunto durante un rato a ver qué hacíamos con la tela, hasta que decidimos dejarla, muy discretamente, en una estantería junto a las máquinas caladoras de última generación. Nos dimos media vuelta y nos pusimos en la cola de una de las cajas para pagar la cinta americana. Mientras esperábamos sólo queríamos una cosa: salir de allí lo antes posible y no volver más en nuestras vidas. Nos cobró la cinta americana la simpática cajera y nos largamos de allí cagando leches. Cuando llegamos al piso y explicamos el por qué no habíamos llevado ninguna tela todo el mundo rió. El problema es que seguíamos teniendo el mismo problema. La gran ventana seguía sin tapar.
Al final pensamos qué lo más económico era utilizar la cinta americana para pegar cartones y papel de periódico en los cristales a ver si así conseguíamos frenar la entrada de luz. Pusimos de todo lo que encontramos, periódicos, revistas, lienzos, telas, etcétera, etcétera, etcétera. Al final, de una forma u otra, la cristalera estaba precintada. Ya era hora de rodar.
La forma en que debíamos rodar este día y los demás era muy compleja. La mayoría de las escenas las teníamos que rodar fraccionadas por horas concretas del día porque algunos de los actores sólo podían actuar unas horas concretas del día por temas de trabajo o compromisos varios. Una putada. Así que comenzamos rodando una de las escenas para dejarla a mitad y comenzar otra para dejarla, como la anterior a mitad.
Tardamos mucho en colocar la iluminación en condiciones. Puesto que el salón es largo y estrecho, los tiros de cámara estaban muy limitados. Esto me preocupa especialmente porque hay varios días en los que tenemos que rodar una escena en unos planos concretos que no sé si tendremos que cambiar.
Bien, cuando llegó el momento de rodar los primeros planos nos dimos cuenta qué, al estar en un primer piso, el micro de la pértiga registraba las voces, motos y coches que se oían en la calle. Esto ralentizó mucho la grabación de los planos.
La maquilladora vino por la tarde para hacerle un moratón a Alberto en el ojo derecho. Cuando me dijo que se lo había terminado lo vi y le dije que era demasiado rojo, parece que no le sentó muy bien el comentario, así que pasé del tema y rodamos con un moratón rojo.
En fin, hemos rodado lo que hemos podido y aun nos queda lo peor.
Este fue el primer día que me comentó Tomás que necesitábamos a alguien que llevara la cámara los días que íbamos a rodar en mi pueblo. Yo le dije que contaba con Cárol, y la conversación terminó ahí, aunque los días siguientes continuaría de forma bastante curiosa.
El piso no me gustó en su momento y, hoy por hoy, cada vez que veo las escenas, me gusta menos, pero no había otro mejor. Mi idea cuando escribí esas escenas era rodar en un piso vacío, en un salón en el que sólo hubieran un par de sillas o como mucho tres, y una triste mesa de playa, esto no pudo ser como yo quería así que, como muchas de las escenas de la película, rodamos dónde pudimos o nos dejaron.
Este día fue el comienzo de uno pequeño infierno personal que iba subiendo grados cada día que pasaba.
Fotografías de Raquel García Ruiz y Vicente Navarro López.



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