Nunca negaré que de un grano de arena hago una montaña, como tampoco negaré que en algunos aspectos soy un insoportable paranoico, pero hay veces que, tras pasar por innumerables emociones fuertes uno está más sensible para con todo.
Raquel, Tomás y yo debíamos ir de Valencia al aeropuerto de Alicante a recoger Ramón Langa. Le pedí que llegara el día antes de comenzar a rodar porque así lo haríamos todo con más tiempo y, de paso, comería en mi casa el magnífico caldero de mi madre y el alioli de aquí el menda. Todo el plan era perfecto; un bonito día de relax antes de la tormenta cinematográfica. Bien, llegamos al aeropuerto con el suficiente tiempo como para dormir una siesta, eso sí, jodidamente hambrientos. Llevábamos un buen rato allí, esperando tras la cinta de “no pasar”, delante de la puerta por la que se supone que debía aparecer Ramón. Miro la hora y veo que ya han pasado varios minutos desde que llegó el momento en el que debería haber llegado el avión. Un sudor frío comenzó a recorrer mi frente y la espalda, la psicosis comenzaba a aflorar. ¿Y si nos hemos equivocado de salida? ¿Y si es por el otro lado? ¿Y si Ramón no ha podido coger el avión? ¿Y si...? Os podéis hacer una idea de todas las ideas absurdas que pasaron por mi cabeza en ese momento. Claro está que mi paranoia no tardo en contagiarse a Tomás primero y a Raquel después. Parecía como si nos hubiéramos comido LSD y tuviéramos un mal viaje. Pasaban los minutos y no aparecía nadie, Tomás sudaba, yo sudaba y Raquel intentaba tranquilizarme. Que sensación más desagradable, más horrenda. Tras unos minutos comenzó a aparecer gente, Tomás se había acercado al otro extremo del aeropuerto por donde también salía gente; ya sabéis, por si las moscas. No veía a Ramón. Vi a lo lejos a un hombre que se le parecía, pero cuando se acercó no era él. Los nervios ya no los aguantaba más, Tomás apareció y me dijo que no lo había visto. Joder, joder, joder. Parecía que la gente ya había salido del avión, pero, segundos después apareció Ramón. Por una vez en mi vida di gracias a Dios. Nos saludamos efusivamente y fuimos rumbo a casa de mis padres. Nos pegamos una comilona increíble y no paramos de charlar sobre esto y lo otro. Mi madre, al principio, estaba muy nerviosa por si la comida le salía mal (ya sabéis de donde he heredado la paranoia), pero lo cierto es que le salió insuperable.
Ramón me comentó que había llevado un día muy ajetreado y quería irse pronto al hotel a descansar, no sin antes irnos un rato a una cafetería a tomarnos algo. Mi madre llamó a mi tía para que conociera a Ramón, las dos estaban encantadísimas. Nos tomamos unos gin tonics y fuimos a llevar a Ramón al hotel.
Hacia el final de la tarde Tomás y yo fuimos a Alicante a recoger a María Caudevilla que venía de Madrid en tren. Para nuestra tranquilidad, mi paranoia no afloró porque el tren llegó enseguida y conocimos personalmente a María (hasta la fecha sólo la conocíamos vía Internet y teléfono). Los tres nos fuimos a cenar a una pizzería (todos los que me conocen saben lo mucho que me gustan esos malditos inventos italianos con masa, queso, tomate y todo lo que quieras ponerle por encima). En fin, la cena fue muy agradable y volvimos a Almoradí a descansar porque al día siguiente nos esperaba un día muy duro.
Este fue uno de los pocos días de rodaje en el que no rodamos nada. Creí conveniente en su momento escribir la experiencia paranoica para que me sirviera de terapia, o algo así, e intentar no hacer una montaña de un grano de arena. Ahora creo que yo soy así y así seguiré, como dice Alaska en la canción.
Raquel, Tomás y yo debíamos ir de Valencia al aeropuerto de Alicante a recoger Ramón Langa. Le pedí que llegara el día antes de comenzar a rodar porque así lo haríamos todo con más tiempo y, de paso, comería en mi casa el magnífico caldero de mi madre y el alioli de aquí el menda. Todo el plan era perfecto; un bonito día de relax antes de la tormenta cinematográfica. Bien, llegamos al aeropuerto con el suficiente tiempo como para dormir una siesta, eso sí, jodidamente hambrientos. Llevábamos un buen rato allí, esperando tras la cinta de “no pasar”, delante de la puerta por la que se supone que debía aparecer Ramón. Miro la hora y veo que ya han pasado varios minutos desde que llegó el momento en el que debería haber llegado el avión. Un sudor frío comenzó a recorrer mi frente y la espalda, la psicosis comenzaba a aflorar. ¿Y si nos hemos equivocado de salida? ¿Y si es por el otro lado? ¿Y si Ramón no ha podido coger el avión? ¿Y si...? Os podéis hacer una idea de todas las ideas absurdas que pasaron por mi cabeza en ese momento. Claro está que mi paranoia no tardo en contagiarse a Tomás primero y a Raquel después. Parecía como si nos hubiéramos comido LSD y tuviéramos un mal viaje. Pasaban los minutos y no aparecía nadie, Tomás sudaba, yo sudaba y Raquel intentaba tranquilizarme. Que sensación más desagradable, más horrenda. Tras unos minutos comenzó a aparecer gente, Tomás se había acercado al otro extremo del aeropuerto por donde también salía gente; ya sabéis, por si las moscas. No veía a Ramón. Vi a lo lejos a un hombre que se le parecía, pero cuando se acercó no era él. Los nervios ya no los aguantaba más, Tomás apareció y me dijo que no lo había visto. Joder, joder, joder. Parecía que la gente ya había salido del avión, pero, segundos después apareció Ramón. Por una vez en mi vida di gracias a Dios. Nos saludamos efusivamente y fuimos rumbo a casa de mis padres. Nos pegamos una comilona increíble y no paramos de charlar sobre esto y lo otro. Mi madre, al principio, estaba muy nerviosa por si la comida le salía mal (ya sabéis de donde he heredado la paranoia), pero lo cierto es que le salió insuperable.
Ramón me comentó que había llevado un día muy ajetreado y quería irse pronto al hotel a descansar, no sin antes irnos un rato a una cafetería a tomarnos algo. Mi madre llamó a mi tía para que conociera a Ramón, las dos estaban encantadísimas. Nos tomamos unos gin tonics y fuimos a llevar a Ramón al hotel.
Hacia el final de la tarde Tomás y yo fuimos a Alicante a recoger a María Caudevilla que venía de Madrid en tren. Para nuestra tranquilidad, mi paranoia no afloró porque el tren llegó enseguida y conocimos personalmente a María (hasta la fecha sólo la conocíamos vía Internet y teléfono). Los tres nos fuimos a cenar a una pizzería (todos los que me conocen saben lo mucho que me gustan esos malditos inventos italianos con masa, queso, tomate y todo lo que quieras ponerle por encima). En fin, la cena fue muy agradable y volvimos a Almoradí a descansar porque al día siguiente nos esperaba un día muy duro.
Este fue uno de los pocos días de rodaje en el que no rodamos nada. Creí conveniente en su momento escribir la experiencia paranoica para que me sirviera de terapia, o algo así, e intentar no hacer una montaña de un grano de arena. Ahora creo que yo soy así y así seguiré, como dice Alaska en la canción.



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