El ritual de zombificación (según Wade Davis en su conocido libro La serpiente y el arco iris) consiste en administrarle unos polvos por vía respiratoria a la víctima induciéndole así a un estado cataléptico; algunos de los ingredientes de dichos polvos se extraen (según estudios) del pez globo tropical (la tetradotoxina) y el sapo bufo marinus. Una vez la víctima esté en coma, se da por muerta y se entierra en un ataúd. Tras el funeral, antes de que el futuro zombi se asfixie, se desentierra y despierta violentamente administrándole algunas drogas, consiguiendo así que se sienta confuso y experimente algún tipo de alucinaciones. Cabe destacar que se les suele propinar una serie de palizas para terminar de desorientarlos e incluso perder la identidad, quedando así totalmente anulados.
Más o menos ese es (se supone) el sistema que emplean, o empleaban, los brujos haitianos para crear zombis. La función de dichos “seres” no es (era) otra que la mano de obra gratis; es decir, la esclavitud. Los haitianos son muy conscientes de lo que significa ser un zombi, pero no es a ellos a los que les tienen miedo, pues al fin y al cabo no son más que pobre desgraciados a los que han arrancado la vida estando vivos (lejos de ser éstos como los zombis cinematográficos que más conocemos), sino que a lo que le tienen un terror extremo es a la zombificación, es decir, al ritual y sus consecuencias (matar y devolver a la vida).
Si bien es cierto que toda esta explicación sobre la zombificación puede resultarle a más de uno interesante, no es mi intención redactar un texto divulgativo/informativo, sino más bien realizar una analogía (comparación si prefieren algunos) sobre la zombificación y mi vida más reciente.
Tal vez debería haber comenzado el texto con un “me estoy empezando a sentir como un zombi” o “soy casi un zombi”; ésto debido probablemente a que (metafóricamente hablando, claro) en algún momento, que no recuerdo con claridad, alguien me lanzó los famosos “polvos zombi” para inducirme al dichoso estado cataléptico; ¿quién? Pues lo siento pero no poseo la respuesta; pero sí una pequeña lista con posibles brujos adoradores del Barón Samedi o cualquier otro Loa.
El caso es que durante un corto periodo de tiempo estuve en un ataúd de madera de pino malo (¿o era aglomerado?); y, por supuesto, enterrado (nada de nicho; eso es para los zombificados que tienen más suerte) en algún cementerio donde es legal el ritual vudú. Supongo que el brujo en cuestión me sacó a tiempo de aquella tumba, porque yo no recuerdo nada; bueno, sí: una continua sensación de claustrofobia y agobio. Curiosamente mantengo en mi mente ciertos recuerdos intermitentes sobre la administración de drogas tras la supuesta “resurrección”, pero no van más allá del simple vago recuerdo.
Tal vez, hasta la fecha, lo más doloroso y duro hayan sido los latigazos y palizas que me han propinado; pero claro, parece que poco a poco se están dando cuenta de que no soy tan blando como podría parecer, así que yo, mientras pueda, continuaré manteniéndome en mis trece sin desorientarme en exceso, ni, por supuesto, perder la identidad; que es lo poco que me queda.
Eso sí que debo reconocer, como los haitianos, no le tengo miedo a los zombis... pero la zombificación es otro cantar.
1 comentarios:
Hola!
Me gusto mucho tu blog, espero te guste el mio. Si te interesa intercambiamos links.
Saludos, Leticia
La vida como la vivis
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